Las cortes y el rey: política del siglo XV

Solemos pensar que los reyes medievales eran tiranos y señores absolutos: nada más lejos de la realidad, al menos en los reinos hispanos. Los historiadores concuerdan en afirmar que el feudalismo en Castilla fue mucho más atenuado que en otros reinos europeos; en Aragón y Cataluña era más fuerte, y ya no digamos en otros países, como en los principados germanos, en Francia o en el centro de Europa.

Un rey podía decidir, convocar a la guerra y firmar alianzas con otros reinos. Pero no podía dar un paso sin, antes, exponer su proyecto ante las cortes y recibir su aprobación. De manera que no tenía una potestad total, como los reyes absolutistas de la Francia o la Rusia del siglo XVII. El poder real estaba regulado por una asamblea de notables que podía apoyar sus planes, condicionarlos o frenarlos completamente.

Esta lección era un aviso muy claro. Si quería conseguir algo de las cortes tenía que someterme a la ley, respetar los fueros y costumbres de la tierra y no tomar ninguna decisión sin el consenso de los representantes de los brazos (Cap. 18, Las virtudes de una reina) (1).

Cortes medievales, según una miniatura románica.

En la corona de Aragón, si el rey quería emprender una conquista, como fue el caso de Alfonso V el Magnánimo, tenía que pedir el apoyo de las cortes y su aprobación. ¿Por qué? Por varios motivos: uno, económico. Necesitaba dinero y recursos, y las cortes eran quienes aprobaban el presupuesto y la manera de obtener financiación. En segundo lugar, el rey necesitaba hombres de armas, y eran los nobles quienes se los proporcionaban. En tercer lugar, las cortes ponían condiciones: si el rey quería algo, tenía que conceder algo a cambio: ya fuera aprobar leyes, reparar agravios, resolver problemas jurídicos o demandas de los diferentes estamentos.

Pero, ¿qué eran las cortes? Eran el principal órgano de gobierno legislativo y ejecutivo del Principado de Catalunya, así como en los reinos de Aragón y Valencia. Se convocaban para legislar, defender la tierra y pedir ayuda económica y militar. Hoy diríamos que eran el congreso, el parlamento o el senado: un órgano de gobierno, asambleario, que tenía poder legislativo, ejecutivo y judicial a la vez.

Cortes medievales: pintura de Antonio Gisbert (1863) en el Congreso de Madrid.

¿Quiénes formaban parte de las Cortes?

Las Cortes estaban formadas por representantes de tres estamentos: la nobleza, el clero y el patriciado urbano, también denominados «hombres buenos» de las ciudades. Eran los llamados «tres brazos». ¿Quiénes eran?

La nobleza eran los señores feudales: condes o magnates que poseían tierras, rentas y aldeas. Eran los que reclutaban hombres de armas para la guerra. Férreos defensores de sus privilegios y su poder, combativos y no siempre amigos del rey, hoy diríamos que eran el estamento militar.

El clero eran los representantes de la Iglesia: obispos, abades y religiosos destacados. Por lo general eran personas muy cultas, a menudo ocupaban cargos en la casa del rey, como cancilleres, secretarios o letrados. Expertos en leyes, solían ser muy diplomáticos y tendían a buscar la conciliación.

El patriciado urbano, también llamado «brazo del rey», eran los grandes propietarios de tierras e incipientes industrias, lo que podríamos llamar la alta burguesía de las ciudades. Hoy diríamos que eran el empresariado o el capital. Este brazo solía ser emprendedor y muy legalista: expertos en derecho, buscaban siempre defender sus intereses y exigían al monarca que respetara las leyes y sus privilegios.

Brazo eclesiástico de las cortes de Valencia (pintura mural del Palau 
de la Generalitat de esta ciudad).

Imaginad, hoy, un congreso o parlamento formado exclusivamente por militares, obispos y grandes empresarios. La pregunta que surge es: ¿y el pueblo? ¿Quién representaba a las gentes comunes, a los campesinos y a los artesanos, a los mercaderes y a los ciudadanos de a pie?

La respuesta es: en las cortes, no tenían representante alguno. Pero había una autoridad a la que siempre podían recurrir, y que a menudo los escuchaba: el rey. En no pocas ocasiones, el único defensor y representante del pueblo llano era el monarca. El rey era lo que hoy llamaríamos «Defensor del pueblo». En el caso de la reina María, cuando estaba en Barcelona recibía en audiencia abierta, cada sábado, a todo ciudadano y campesino que viniera a ella a solicitar algún favor. En sus cartas se reflejan numerosos casos de personas que acudieron a la reina y cómo ella hizo gestiones para ayudarlas. Acudieron a María campesinos, pobres, viudas, víctimas de injusticias, mujeres maltratadas, padres de hijos capturados por los piratas e incluso una mujer mora, madre soltera, con sus hijos.

Brazo militar de las cortes de Valencia (Palau de la Generalitat).

¿Cómo se celebraban las Cortes?

Las cortes eran convocadas por el rey, casi siempre para pedir dinero para sus empresas. A ellas sólo podían asistir hombres. La reina María presidió hasta diez cortes, siempre en calidad de lugarteniente de su marido, con poderes plenos otorgados por él. Los consejeros de Barcelona, por deferencia, invitaban a la reina emérita, Violante de Bar, viuda del rey Juan. Pero no consta que ella asistiera a las sesiones.

Las cortes se podían celebrar en cualquier ciudad designada por el rey. Las sesiones tenían lugar en catedrales, monasterios o palacios donde hubiera salas lo bastante espaciosas. Muchos consejeros debían desplazarse, de modo que se buscaban lugares donde hubiera alojamiento para todos. Pero no siempre fue así. Cuando el rey convocaba cortes en ciudades pequeñas o alejadas de la capital, las quejas eran frecuentes. A veces asistían tan pocos representantes que las sesiones tenían que aplazarse o convocarse de nuevo en otro lugar.

Alfonso convocó las cortes y no tuvo mejor idea que celebrarlas en Sant Cugat. Era su estrategia. Los consejeros protestaron. ¿Por qué tenía que celebrar cortes en un pueblo pequeño, donde no había suficientes casas para alojar a todos los síndicos con sus criados? Él no cambió de opinión. Creo que lo hizo para fastidiarlos… (Cap. 14, Dos cortes).

Coro de la catedral de Barcelona, escenario de múltiples cortes catalanas.

Ciento cincuenta nobles, clérigos y síndicos de dieciséis ciudades estaban convocados en Tortosa. Como mujer práctica, quise que las cortes se celebraran en un lugar cerca de todas partes: entre Cataluña, Valencia y Aragón, junto al camino real que, en caso de necesidad, me podía llevar a Castilla. Pero yo pensaba como mujer, como ama de su casa. El lugar cerca de todas partes no satisfizo a nadie (Cap. 18, Las virtudes de una reina).

Las cortes podían ser breves: una o dos sesiones, si se decidía rápido. Pero lo normal es que se alargaran para poder resolver la petición real y todos los temas que los tres brazos ponían sobre la mesa. En ocasiones, llegaron a durar muchos meses, como las cortes de 1421, presididas por la reina María. Iniciadas en Tortosa, clausuradas en Barcelona, se alargaron hasta dos años. El papel de los letrados era fundamental. La reina se quejó en varias ocasiones por la demora de los asuntos.

Las cortes se inauguraron el 27 de abril. Y, como de costumbre, se alargaron durante meses. ¡Cuánto cuesta decidir, cuando se trata de dar dinero! De puertas afuera, todo el mundo halagaba al rey. Pero a la hora de tocar las arcas, nadie parecía compartir las visiones de aquel soberano joven con ambiciones en ultramar (Cap. 12, Cortes, un torneo y la sangre).

La paciencia da sus frutos. En los dos años que duraron las cortes obtuve una suma de trescientos cincuenta mil florines para armar una flota de dieciocho galeras, que se tenían que construir en las atarazanas de Barcelona (Cap. 18, Las virtudes de una reina).

 

Monasterio de Sant Cugat, escenario de las primeras cortes catalanas convocadas
por el rey Alfonso V el Magnánimo.

Los privilegios de la tierra

Cuando el rey pedía dinero a las Cortes catalanas, algo muy habitual, para sufragar sus guerras y campañas en Nápoles, las Cortes no siempre estaban de acuerdo. O respondían que sí, pero. A cambio pedían una serie de contraprestaciones: que se revisaran leyes, que se indemnizaran agravios cometidos por los funcionarios reales, que se les concedieran favores a un estamento u otro... Y siempre insistían: que «se respetaran las leyes y los privilegios de la tierra». Esta solicitud era constante: la reina María tuvo que escucharla una y otra vez, incluso tuvo que jurar sobre los cuatro evangelios que así lo haría.

Juro por mi alma, por Nuestro Señor Dios, por la cruz de Nuestro Señor Jesucristo y sus santos evangelios, mantener y observar inviolablemente, y hacer observar y mantener a los prelados, religiosos, clérigos, hombres ricos, nobles, caballeros, hombres de campo y ciudad, pueblos y otros lugares de Cataluña, así como a los ciudadanos, burgueses y habitantes de dichas ciudades, pueblos y otros lugares, todos los usos de Barcelona, constituciones y capítulos de las cortes de Cataluña, las libertades, privilegios, usos y costumbres, según se han usado plenamente (Cap. 45, texto extraído de las Cortes de Lérida, 1440).

Por encima de la voluntad real, estaba la voluntad de las Cortes: el rey sí o sí tenía que respetar las leyes propias del principado. Pero por «privilegios de la tierra»  no debemos entender los derechos del pueblo, o de todo el pueblo, sino las leyes que protegían los intereses de los tres brazos: nobles, clero y patricios. La palabra privilegio significa, literalmente, la ley privada, la ley que defiende a un grupo particular. Es decir, que los reyes debían respetar a los magnates sin quitarles ni un ápice de sus poderes y ventajas.  

Soy la lugarteniente del rey, pero no puedo decidir sola. Alfonso decide por su cuenta. Las cortes defienden sus derechos. Yo tengo que consultarlo todo y estoy harta de escribir y responder cartas, intentando conciliar a todos (Cap. 34, La tregua).

Catedral de Tortosa, donde la reina María celebró cuatro cortes.

El rey y el pueblo

El pueblo llano, como hemos dicho, acudía al rey a reclamar justicia y derecho. En no pocas ocasiones reunieron dinero suficiente para persuadirlo. Y el rey escuchaba. Le interesaba tener de su parte a la gran masa de la población, porque los nobles a menudo amenazaban y cuestionaban su poder.

A pesar de todo, Barcelona recibió al rey con honores y su presencia calmó los ánimos. El rey, lo sabían bien los síndicos de las cortes, siempre estaba dispuesto a apoyar a su pueblo… a cambio de dinero. ¡También las libertades se pueden comprar! (Cap. 27: Terremotos, pactos y una muerte misteriosa).

Las leyes de los hombres no son iguales para todos. Esto también lo he aprendido asistiendo a las sesiones de las cortes. Las leyes de los hombres dividen a la gente en libres y esclavos, en señores y siervos, en hombres y mujeres… Y este derecho común debe ser respetado para no dar escándalo. Pero los campesinos no piensan así. Los hay que tienen dinero, los hay que saben leer y escribir. Algunos han viajado, incluso han estudiado en Roma y en París. Saben que las leyes pueden cambiar. Saben que pueden ser libres. Y la libertad también se puede comprar (Cap. 34, La tregua).

En Cataluña, no fue hasta mediados del siglo XV, con el gobernador Galceran de Requesens, mano derecha del rey Alfonso, que las gentes del pueblo pudieron entrar a formar parte del Consejo de Ciento, el órgano de gobierno de la ciudad de Barcelona. En aquellos tiempos la ciudad andaba sacudida por las tensiones entre los partidos: la Biga y la Busca. La Biga era el partido de los nobles y los señores ricos, los privilegiados; se consideraban a sí mismos la viga, el pilar de la sociedad. La Busca, palabra que significa astilla, leña menuda, designaba a los ciudadanos de a pie. Pero no pensemos que estos eran todos pobretones y gente humilde: en la Busca se incluían comerciantes, artesanos y lo que llamamos las profesiones liberales: notarios, abogados, médicos, escribanos y apotecarios.

Casa de la Ciutat, sede del Consell de Cent de Barcelona.

Cuando en 1455 varios de estos ciudadanos accedieron al Consejo de Ciento, el evento fue histórico y desató reacciones furibundas de los patricios. La reina María lo recoge en sus cartas como un hecho importante, que ella apoya:

En Barcelona ha habido cambios. Galzeran de Requesens tampoco ha dejado de trabajar. Las astillas han prendido la hoguera, al final. Por primera vez, y por decreto, el gobierno de la ciudad se ha abierto a los hombres de la Busca. Un notario y un orfebre, dos mercaderes y un vecino raso han entrado a formar parte del consejo de la ciudad. Puedo imaginar las caras largas de los consejeros, nuestros amigos de la nobleza barcelonesa… Y la cara de triunfo de Galzeran, y la dignidad austera de los ciudadanos que trabajan con sus manos (Cap. 63, Constantinopla, la Busca y la última cruzada).

Si hoy nos cuestionamos la calidad de nuestro sistema político y nos preguntamos hasta qué punto el pueblo está representado por nuestros gobernantes, es interesante aprender un poco de historia para comparar y reflexionar. ¿Hasta qué punto hemos avanzado en democracia y libertad?

(1) Nota: las citas son todas de la novela La reina fiel, y su fuente es la correspondencia de la reina María y otros documentos oficiales de su reinado.

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